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El precio de la lealtad: cómo Taiwán afecta la relación de Paraguay con China

  • 26 may
  • 6 min de lectura

Santiago Peña, presidente de Paraguay, realizó su primera visita oficial como jefe de Estado a Taiwán. Fue recibido por el ministro de Relaciones Exteriores taiwanés, Lin Chia-lung, y designó a la isla como "un socio fundamental de Paraguay", un posicionamiento inusual para un país latinoamericano, considerando la expansión de la influencia china en la región del Caribe y América del Sur, así como la presión que China ejerce para que Paraguay corte sus relaciones diplomáticas, económicas y políticas con Taiwán. En Taipéi, Peña se reunió con el presidente Lai Ching-te y el canciller Lin Chia-lung, firmó documentos de cooperación en comercio, educación, tecnología y transporte inteligente, y reafirmó que la asociación bilateral se basa en "democracia, libertad y confianza". La reacción de Pekín fue inmediata: el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Guo Jiakun, declaró que el gobierno "condena enérgicamente" la visita e instó a Paraguay a tomar la "decisión política correcta" de reconocer el principio de una sola China. Era la última ronda de una disputa que ya dura casi siete décadas, y que revela, en el caso paraguayo, algo más amplio sobre cómo las potencias pequeñas navegan entre grandes rivales cuando el costo de elegir es demasiado alto para ser ignorado.


Desde 1957, con la dictadura anticomunista de Alfredo Stroessner, Paraguay mantiene relaciones con Taiwán. En 2026 ambos países celebran 66 años de esta alianza bilateral, que involucra incentivos importantes para el mantenimiento histórico de la asociación. Uno de los principales es el acceso privilegiado al mercado taiwanés, en el que la isla compra productos paraguayos, especialmente carne bovina, a cambio de cooperación económica, inversiones y asistencia técnica. Para un país con una economía relativamente pequeña y dependiente del agronegocio, ese apoyo tiene un peso concreto. Además, la relación con Taiwán acerca a Paraguay a Estados Unidos, ya que Washington apoya diplomáticamente a Taipéi frente al avance chino. Así, para Paraguay, el mantenimiento de las relaciones con la isla también funciona como una forma de preservar las buenas relaciones con los norteamericanos y permanecer alineado con el bloque político occidental.


Por otro lado, los costos de esta posición han ido creciendo cada vez más. El mayor de ellos es el peso económico de China, que se ha convertido en una potencia comercial indispensable para América del Sur y para los países del Mercosur. Dado que Pekín exige que los países reconozcan el principio de "Una sola China", Paraguay queda impedido de desarrollar relaciones diplomáticas y comerciales plenas con el mercado chino. Esto genera presión sobre el gobierno paraguayo, impulsada especialmente por los sectores económicos internos como productores rurales y empresarios exportadores  que ven en China oportunidades mucho mayores que las ofrecidas por Taiwán.


Paraguay importa más de cinco mil millones de dólares en productos chinos por año, lo que convierte a China en su mayor proveedor, pero no mantiene relaciones diplomáticas formales con ella. Es la contradicción que define la política exterior de Asunción desde hace décadas, y que ningún otro país latinoamericano todavía necesita administrar, dado que todos los vecinos de Paraguay ya tomaron la decisión que él rechaza: desde 1988, cuando Uruguay fue el último en migrar hacia el lado de Pekín, Asunción permanece sola en el continente como el único gobierno que reconoce a Taiwán.


Además, existe una presión regional creciente. Los demás países del Mercosur especialmente Brasil y Argentina  mantienen relaciones intensas con Pekín. Paraguay comienza a parecer aislado dentro de su propio bloque regional, lo que intensifica el debate sobre si su política exterior podría estar limitando su potencial económico nacional. La integración económica sudamericana hace cada vez más difícil ignorar la centralidad china.


Para entender por qué Paraguay permanece donde está, es necesario remontarse a 1971, cuando, siguiendo la Resolución 2758 de la Asamblea General de la ONU, el asiento chino en el Consejo de Seguridad y demás órganos de la ONU fue transferido de la República de China actual Taiwán  a la República Popular China, inaugurando el proceso de vaciamiento diplomático progresivo de la isla. La decisión tuvo efectos en prácticamente toda América del Sur: Chile y Perú reconocieron a Pekín en 1970 y 1971, Argentina y Brasil hicieron lo mismo en 1972 y 1974, Venezuela poco después, Colombia y Ecuador en 1980, Bolivia en 1985 y Uruguay en 1988. Es decir, uno a uno, los vecinos de los paraguayos migraron al campo chino, dejando a Asunción en un aislamiento creciente dentro de la propia región.


Paraguay resistió por razones que combinan ideología, historia y cálculo económico. Durante la dictadura de Alfredo Stroessner, el anticomunismo era un principio de política exterior, y la alianza con Taiwán, entonces gobernado por el Kuomintang el Partido Nacionalista que llevó al gobierno chino a la isla tras la derrota en la guerra civil de 1949 encajaba perfectamente en esa lógica, ya que los dos regímenes compartían no solo la retórica anticomunista, sino una cooperación militar concreta, con oficiales del ejército paraguayo estudiando en el Colegio Fu Hsing Kang en Taipéi. Esa relación de proximidad moldeó generaciones de militares del país y dejó huellas físicas visibles hasta hoy: en el centro de Asunción, una estatua de Chiang Kai-shek ocupa una plaza pública a pocos metros de la futurista sede del Congreso paraguayo, construida con los 20 millones de dólares donados por Taiwán en 2003, dos monumentos de una alianza que la mayoría de los transeúntes atraviesa sin reconocer.


La caída de Stroessner en 1989 no alteró la postura de Paraguay, pero cambió la naturaleza del argumento: de ideológico a económico. Todos los gobiernos posteriores mantuvieron el reconocimiento de Taipéi, aunque la presión interna para reconsiderar fue creciendo a medida que China consolidaba su posición como mayor socio comercial de la región. Cuando Fernando Lugo llegó al poder en 2008, Pekín alimentó expectativas de una ruptura que nunca llegó. En 2023, el candidato opositor Efraín Alegre prometió explícitamente reconocer a China en caso de ser elegido, argumentando que eso abriría el mercado chino a la soja y a la carne paraguayas. Santiago Peña ganó con una cómoda ventaja y la cuestión volvió a su estado de latencia, sin desaparecer.


La estrategia china para aislar a Taiwán nunca ha operado por confrontación directa, ya que cada capa de presión se activa cuando la anterior no produce resultados, combinando incentivos económicos, interferencia política y, cuando es necesario, instrumentos de inteligencia. Paraguay ya ha conocido todas ellas.


En abril de 2020, en plena pandemia, un grupo de senadores paraguayos presentó una propuesta para cambiar el reconocimiento de Taiwán a China, argumentando que Pekín proporcionaría mejores recursos médicos al país. La propuesta fue derrotada por 25 votos contra 16, margen que reveló al mismo tiempo la resistencia y la fragilidad de la posición paraguaya. Al año siguiente, según el Ministerio de Relaciones Exteriores paraguayo, intermediarios ofrecieron vacunas chinas contra el COVID-19 al gobierno a cambio de la ruptura con Taiwán. La oferta fue rechazada, convirtiendo el episodio en uno de los más emblemáticos de la presión sistemática de Pekín sobre Asunción.


La presión no se limitó al ámbito diplomático. En octubre de 2023, un vehículo registrado a nombre de Huawei fue detectado estacionado frente a la residencia del embajador taiwanés en Asunción, con un hombre en el interior operando equipos electrónicos apuntados hacia el edificio. La situación levantó sospechas sobre una posible interceptación de datos y el caso fue denunciado ante las autoridades locales, pero se cerró sin una conclusión pública. Al mes siguiente, según informes de ciberseguridad, hackers asociados al grupo chino Flax Typhoon penetraron los sistemas electrónicos del gobierno paraguayo, incluyendo áreas diplomáticas estratégicas, reforzando que la presión de Pekín opera en múltiples frentes de forma simultánea. En diciembre de 2024, el gobierno paraguayo expulsó al enviado chino Xu Wei, declarado persona non grata tras presionar directamente a legisladores en el Congreso Nacional para que el país rompiera con Taiwán, episodio que señaló hasta dónde está dispuesto a llegar Pekín y cuánto está dispuesta a tolerar Asunción.

La contradicción más reveladora, sin embargo, sigue siendo la económica. Paraguay importa, según el UN Comtrade, 5.180 millones de dólares en productos chinos por año, lo que significa que China es su mayor fuente de suministros externos siendo responsable del 32,8% del volumen total de importaciones , sin que exista ninguna relación diplomática formal entre los dos países. Las exportaciones paraguayas hacia China no superan los 25 millones de dólares anuales, una asimetría de 200 a 1 que evidencia la dependencia estructural de Asunción respecto a Pekín, aun sin reconocerla. Con Taiwán, la ecuación es diferente: la isla absorbe el 86% de las exportaciones paraguayas de carne porcina y fue el segundo mayor destino de la carne bovina en 2023, con 187 millones de dólares en compras; además, la isla garantiza a Paraguay acceso con arancel cero y sin cuotas desde 2020 condiciones que el país jamás negoció con ningún otro socio asiático , generando al sector ganadero paraguayo 370 millones de dólares anuales. El monto es resultado de décadas de acuerdos bilaterales que difícilmente serían replicables con China, donde Paraguay competiría en igualdad de condiciones con Brasil y Argentina, sin ninguna ventaja preferencial.


Es ese cálculo el que sostiene, por ahora, siete décadas de lealtad. El caso paraguayo es el espejo más nítido de la elección que toda la región deberá enfrentar a medida que la disputa entre Washington y Pekín se profundiza. La diferencia es que Asunción ya tomó su decisión hace 67 años, y solo el tiempo dirá si el peso económico de China y la presión regional terminarán por superar la lógica bilateral que hasta ahora ha sustentado la posición paraguaya, o si Paraguay seguirá siendo, en el mapa diplomático sudamericano, el bastión que todos observan y nadie imita.

 
 
 

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